La gente habla de estar estresada todo el tiempo, pero ¿Qué significa realmente? 

 

En este artículo vamos a tratar a definir exactamente qué es el estrés y cómo afecta a nuestra salud.

Primero, ¿cómo definimos el estrés?

Parece algo obvio, pero al tratar de definirlo la cuestión se complica enormemente, sencillamente porque el estrés es una experiencia personal y subjetiva.

 

El término estrés proviene de la física y se refiere a la fuerza que se aplica a un objeto, que puede deformarlo o romperlo: esto es, un término objetivo y tangible.

 

Pero en psicología, estrés suele hacer referencia a ciertos acontecimientos en los cuáles nos encontramos con situaciones que implican demandas excesivas que acaban por desbordar la psiquis del ser humano.

 

La propia definición del término estrés ha sido muy controvertida desde el momento en que se importó para la psicología por parte del fisiólogo Selye (1956). Y hasta la fecha se han propuesto hasta tres enfoques:

  1. Como reacción o respuesta del individuo (cambios fisiológicos, reacciones emocionales, cambios conductuales, etc.
  2. Como estímulo (capaz de provocar una reacción de estrés).
  3. Como interacción entre las características del estímulo y los recursos del individuo.

Actualmente, la mayoría de expertos defienden esta última opción.

 

Definiríamos estrés como un trastorno transitorio de una gravedad importante que aparece en un individuo sin otro trastorno mental aparente, como respuesta a un estrés físico o psicológico excepcional y que por lo general remite en horas o días.

 

Pero, aun teniendo una definición general de estrés, la psicología distingue entre diferentes clases:

 

Estrés agudo consiste en una reacción disfuncional, desagradable e intensa que comienza poco después de un acontecimiento traumático o abrumador y que se prolonga durante menos de un mes.

 

Estrés crónico si los síntomas persisten durante más de un mes pudiendo devenir crónico.

 

Eso sin entrar en los diferentes tipos de estrés, asociados a patologías concretas, ya que en el manual de psicología DSM, es raro no encontrar el estrés como síntoma o causa de algún otro trastorno.

 

Por otro lado, hay muchos elementos que pueden llegar a confundirse, ya que se pueden presentar al mismo tiempo: por ejemplo, se tiende a confundir estrés con ansiedad:

 

  • El estrés es un proceso más amplio de adaptación al medio.
  • La ansiedad es una reacción emocional de alerta ante una amenaza.

 

Digamos que dentro del proceso de cambios que implica el estrés, la ansiedad es la reacción emocional más frecuente. Muchos estímulos o situaciones pueden provocar en el individuo la necesidad de movilizar recursos para dar respuesta a las demanda de dicho estímulo, o para volver al estado inicial de equilibrio en el que se encontraba inicialmente. Al estímulo le llamamos estresor, o situación estresante.

 

Por lo que, puede existir estrés sin ansiedad, y ansiedad sin estrés aunque suelan aparecer de forma conjunto e incluso se hable indistintamente de ambos fenómenos con frecuencia.

El estrés a nivel neurológico

El hipotálamo es un poco como un centro de comando. 

 

Esta área del cerebro se comunica con el resto del cuerpo a través del sistema nervioso autónomo, que controla funciones corporales involuntarias como la respiración, la presión arterial, los latidos del corazón y la dilatación o constricción de vasos sanguíneos clave y vías respiratorias pequeñas en los pulmones llamadas bronquiolos.

 

El sistema nervioso autónomo tiene dos componentes: el sistema nervioso simpático y el sistema nervioso parasimpático.

 

El sistema nervioso simpático funciona como el acelerador de un automóvil. Activa la respuesta de lucha o huida, proporcionando al cuerpo una explosión de energía para que pueda responder a los peligros percibidos.

 

El sistema nervioso parasimpático actúa como un freno. Promueve la respuesta de «descanso y digestión» que calma el cuerpo después de que ha pasado el peligro.

 

Después de que la amígdala envíe una señal de socorro, el hipotálamo activa el sistema nervioso simpático enviando señales a través de los nervios autónomos a las glándulas suprarrenales. Estas glándulas responden bombeando la hormona epinefrina (también conocida como adrenalina) al torrente sanguíneo.

 

A medida que la epinefrina circula por el cuerpo, provoca una serie de cambios fisiológicos. El corazón late más rápido de lo normal, impulsando la sangre hacia los músculos, el corazón y otros órganos vitales. La frecuencia del pulso y la presión arterial aumentan.

 

La persona que experimenta estos cambios también comienza a respirar más rápidamente. Las vías respiratorias pequeñas en los pulmones se abren de par en par. De esta manera, los pulmones pueden absorber la mayor cantidad de oxígeno posible con cada respiración. Se envía oxígeno adicional al cerebro, lo que aumenta el estado de alerta. La vista, el oído y otros sentidos se agudizan.

 

Mientras tanto, la epinefrina desencadena la liberación de azúcar en la sangre (glucosa) y grasas de los sitios de almacenamiento temporal en el cuerpo. Estos nutrientes inundan el torrente sanguíneo y suministran energía a todas las partes del cuerpo.

 

Todos estos cambios ocurren tan rápido que las personas no se dan cuenta de ellos. De hecho, el cableado es tan eficiente que la amígdala y el hipotálamo inician esta cascada incluso antes de que los centros visuales del cerebro hayan tenido la oportunidad de procesar completamente lo que está sucediendo. Es por eso que las personas pueden saltar fuera del camino de un automóvil que se aproxima incluso antes de pensar en lo que están haciendo.

 

A medida que disminuye la oleada inicial de epinefrina, el hipotálamo activa el segundo componente del sistema de respuesta al estrés, conocido como el eje HPA. Esta red está formada por el hipotálamo, la glándula pituitaria y las glándulas suprarrenales.

 

El eje HPA se basa en una serie de señales hormonales para mantener presionado el sistema nervioso simpático, el «pedal del acelerador». Si el cerebro continúa percibiendo algo como peligroso, el hipotálamo libera la hormona liberadora de corticotropina (CRH), que viaja a la glándula pituitaria y desencadena la liberación de la hormona adrenocorticotrópica (ACTH).

 

Esta hormona viaja a las glándulas suprarrenales, incitándolas a liberar cortisol. El cuerpo permanece así acelerado y en alerta máxima. Cuando pasa la amenaza, los niveles de cortisol caen. El sistema nervioso parasimpático, el «freno», amortigua la respuesta al estrés.

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